Ojos Bonitos
La Rana fumaba jalando con “enjundia” su cigarrillo de marihuana; uno, dos, tres jales continuos. A su alrededor, un quinteto de sicarios de Los Zetas le hacían un semicírculo, la pleitesía fuera de dudas.
Primer capítulo del libro Impunemex
La Rana fumaba jalando con “enjundia” su cigarrillo de marihuana; uno, dos, tres jales continuos. A su alrededor, un quinteto de sicarios de Los Zetas le hacían un semicírculo, la pleitesía fuera de dudas. Sentado en una maltrecha silla, Anselmo del Ángel Martínez, bajito de estatura, piel morena y con los ojos bien abiertos, observaba desconcertado a sus victimarios.
–Tienes unos ojos muy bonitos, valdrían una fortuna en el extranjero.
–¿Qué quieren? –pregunta Anselmo, y La Rana le asesta un golpe mientras le escupe al rostro el humo de la marihuana.
Anselmo está en Reynosa, Tamaulipas, entidad federativa donde hace una década mandaba el Cártel del Golfo. Posteriormente Los Zetas. Y luego ambas organizaciones criminales se fracturaron y se confrontaron entre ellas, naciendo una escisión extraña llamada Cártel del Noreste, mientras los del Golfo y los de la Última Letra se robustecían con nuevos miembros. Hoy la plaza sigue en pugna, es tierra de nadie. Pero volvamos a donde estábamos.
Anselmo del Ángel cree que está en una casa de seguridad de Los Zetas. Un comando armado lo “levantó” el tercer viernes de febrero de 2014 en la colonia Juárez, de Reynosa, cuando el joven se dirigía a un café internet a recargar su teléfono celular para telefonear a su novia en Monte Morelos. “Me confundieron”, dice y empieza la narrativa de su calvario: “Me golpearon”, “me encañonaron”, “me obligaron a echarme la camisa hacía atrás para taparme el rostro”.
Anselmo sólo escuchaba dos cosas: la lluvia de insultos y el rugir del motor de la camioneta en la que era trasladado; minutos antes le habían pedido que con su propia camiseta se tapara el rostro y se agachara hasta chocar la frente en sus rodillas, una genuflexión recurrente en el crimen organizado. Un día duró el interrogatorio de Los Zetas, en el que a base de tubazos en las costillas, de tablazos en los glúteos y de ponerle una pistola en la cabeza, el joven fue vapuleado hasta el cansancio y hasta que la organización criminal se convenció de que habían “levantado” a un simple trabajador de la maquiladora Global Services y no a un “oreja” de la organización contraria.
“Cuando me llevaron con La Rana… ya tenía yo las nalgas bien machucadas y las costillas bien molidas. Unos sicarios le decían El Padrino. Me pusieron ahí frente a él, me dieron mi teléfono para prenderlo, telefonear a mi hermana y pedir un rescate-pago de 10 mil pesos.”
La Rana, bajito de estatura, bien vestido, zapatos bien boleados, bigote ralo y un reloj de centro comercial “de esos que huelen a miles de pesos”, se dirigió al cautivo: “Ya me dijeron que te portaste bien, le vamos a dar chance a tu hermana para que pague en dos partes… mientras tanto aquí te quedas”.
Cuando sacaron a Anselmo del cuarto oscuro, sucio, maloliente, donde sólo lo habían tenido a pan (media torta) y agua, el joven huasteco no podía creer lo que estaba pasando: no estaba en una casa de seguridad, estaba dentro de un penal federal de Reynosa, en donde directivos y custodios eran subordinados de Los Zetas… dentro del Centro de Readaptación Social.
La Rana, cuyas características, según lo recuerda Anselmo Martínez, coinciden físicamente con las del líder zetaCarlos Oliva Castillo –aprehendido en octubre de 2011, acusado de ser el autor intelectual del ataque al Casino Royal en Monterrey, Nuevo León, donde 52 personas perdieron la vida–, se encargó de mostrarle la logística del penal a Martínez.
“Él era el jefe de Los Zetas dentro del penal, pero también entraba y salía de la cárcel como ‘Juan por su casa’. Instruía a sus sicarios sobre a quién respetar y a quién golpear allá adentro [sic], pero también decidía sobre los custodios y era el juez que valoraba las injusticias sobre los reos”, expone Martínez con los ojos abiertos más de lo normal, para dejar en claro que eso no debería ser normal en Tamaulipas, ni en México ni en ningún lado.
La hermana de Anselmo Martínez, médico general de profesión, tardó casi 10 días en reunir los 10 mil pesos. Mientras tanto, Anselmo Martínez fue notificado en el Centro de Readaptación Social Federal de Tamaulipas de que estaba acusado de secuestro y delitos contra la salud e imputado por portación de armas de fuego de uso exclusivo del Ejército. De ser “levantado” (secuestrado) por Los Zetas, pasó a ser acusado e imputado como miembro de la organización delictiva, y no hizo falta mayor tramitología ministerial pues Anselmo en la cárcel ya estaba.
En su segundo día en prisión a Martínez y a los nuevos reclusos los obligaron a golpearse entre sí, una especie de ritual de iniciación y una forma de acentuar la vulnerabilidad de los recién llegados, para dejarles en claro que estaban a merced de la delincuencia organizada.
“La comida era de lo peor, ‘el rancho’ le llaman en la prisión. Consistía en tres tortillas con un huevo duro, con cáscara o reventado, y frijoles a medio hervir. Un asco, pero había que comer.”
–¿Se puede comer eso?
–Había que comérselo, dejar el plato con restos de comida significaba que no te dieran de comer en tres días.
–¿Y el plato fuerte?
–Un pollo mal guisado, sin sal, una pequeña pieza con arroz. Una vez a la semana había carne. A los reos que podían pagar comida de fuera, se las llevaban en recipientes de unicel: pizza, hamburguesas, filetes de carne; con dinero adentro, podía haber hasta langostinos.
El primer fin de semana Anselmo Martínez vivió la ley de la selva de la prisión. Visita de una hora de su hermana, apenas para platicar su situación jurídica, revisar la extorsión solicitada por La Rana y reiterar el deseo explicitó de irse pronto de ahí. No le pudo decir que lo habían golpeado, pero con el estallar en llanto de ambos las cosas quedaron en claro. Una vez concluida la visita, la hermana le dejó 200 pesos, papel de baño, dos mudas de ropa –con los colores permitidos en el penal– y un itacate de tacos para cenar el domingo y desayunar el lunes.
“No había ni subido las escaleras cuando salían los pistoleros de La Rana y me hacían báscula, me quitaban todo y me revisaban de pies a cabeza para sacarme el último peso. En la siguiente visita le dije a mi hermana: ‘No me dejes nada… no tiene caso’.”
“Ya te empapelaron”, llegó a decirle un custodio a Anselmo Martínez una fría mañana. “¿Qué significa eso?”, pensó para sus adentros. El trabajador penitenciario le resolvió la duda: la legalización de su detención por secuestro y portación de armas, aunque varios años después Anselmo no tiene claro de a quién se le acusó de secuestrar. Acudió a la rejilla de prácticas del juzgado sólo a que le leyeran la cartilla y de nuevo para la cárcel, pero ya en el área de población.
Ya con la acusación encima, Anselmo Martínez cayó en una severa depresión. Pese a que pagó los “10 mil pesos” de rescate, la gente de La Rana le explicó que esa cantidad sólo era para “garantizar la vida”, vendría ahora una penitencia no solicitada en el interior del penal. Con seis hermanos, Anselmo sólo tuvo el apoyo de dos hermanas, la mayor y la doctora, quienes ahora se dedicaron a conseguir 15 mil pesos para las diligencias de un abogado.
Martínez aún tiene pesadillas con los muertos que le tocó ver en el Cereso de Reynosa. Al pasar unos días, Anselmo despertó de su letargo en su cama de piedra cuando escuchó gritos guturales de la celda de junto, llantos suplicando piedad y golpes contundentes que sonaban como el chocar de dos bultos de cemento en una camioneta de redilas.
“Se oía golpe tras golpe, dos horas sin cesar, se escuchaba cómo desmayaban al compa ahí cerquita de nosotros. Al otro día nos sacaron a todos al patio. Llegaron el agente del Ministerio Público y el forense, después nos informaron que el muerto se había ahorcado por depresión. Cuando sacaron el cuerpo supimos –y sonríe tímidamente– que el fulano se había ahorcado con su propia playera.”
Con el paso de los meses, a Anselmo Martínez le tocó ver la normalidad sistematizada con la que se toma la muerte dentro del penal de Reynosa. Formado en la fila para recibir la comida, recuerda entre flashazos cómo bajó un recluso con una punta afilada del tamaño de un antebrazo y en varias ocasiones se la enterró al reo de junto. Una, dos, tres, cuatro estocadas, hasta teñir de rojo el uniforme de la víctima y salpicar el del sicario y el de Anselmo.
“Mataron a un cabrón delante de 10 cabrones, y la temática era simple: La Rana manda matar a un reo y la ley del Padrino era así: Si te manda a matar, matas; si no obedeces, entonces –en una ecuación criminal simple– te matan a ti.”
El último muerto que le tocó ver en la prisión de Reynosa fue un joven recién ingresado a quien golpearon salvajemente por todo el pasillo del centro penitenciario; cuatro fulanos se ensañaron con él, “lo cosieron a patadas y puños”. Al final, cuando el fulano ya estaba desmayado, lo aventaron de una escalera. Anselmo vio cómo el tipo se desnucó al pegarse con el quicio de un peldaño.
“Ustedes no vieron nada, no saben nada”, era el grito-instrucción de los sicarios a los reos, por si alguien de afuera de la prisión o de la Comisión de Derechos Humanos se acercara a preguntar qué había pasado. En un lapso de dos horas la sangre fue lavada de escalera y pasillos.
Y en ese régimen penitenciario Anselmo tuvo que aprender a lidiar en los casi dos años de prisión, pues todos los días había tablazos, madrazos, gritos y llantos: “Teníamos que aprender a vivir con eso”.
El único sitio donde Anselmo encontraba paz dentro de la prisión era en la capilla de la iglesia, a donde sólo tenía autorizado ir los domingos. “Era el único lugar donde me sentía yo en paz. Ahí no escuchaba gritos ni llantos, me la quería pasar todo el día ahí”.
Aunque Anselmo estaba la mayor parte del tiempo en “la 25” –prisión de medidas cautelares en el pueblo penitenciario, donde hay panadería, restaurante y un par de cuartos donde se vende marihuana–, él prefería refugiarse en “la capillita”.
Pasados casi dos años en prisión, la depresión de Anselmo iba en aumento, hasta que en otra fría mañana un custodio le notificó el auto de libertad por inocencia.
En lo que preparaba sus cosas, Juan, un reo con el que trabó amistad, le regaló una playera con la imagen de la Virgen de Guadalupe, la única prenda que guardó al salir de la prisión, pues el par de bóxer, pantalón y otras dos playeras las tiró en un bote de basura en el baño de una cafetería, fuera de la prisión, en donde lo primero que hizo fue pedir unas enchiladas y luego llorar de coraje y gritar: “Ya se acabó, ya se acabó”. Y sí, la pesadilla penitenciaria había terminado.
Una semana antes, un sicario de La Rana, de quien nunca logró distinguir si le tenía empatía o lástima, le alcanzó a decir: “Cuando te vayas de aquí, por nada del mundo lo anuncies, no le platiques a nadie. Te vas y a la verga, pero no digas nada. No sabes la de envidias que hay aquí porque alguien recupera su libertad”. Martínez escuchó de hombres con sentencias de 70 y 90 años a quienes dentro del penal les privaban de la vida por la simple diversión de coartar la posibilidad de que alguien volviera a ver la luz del sol sin el uniforme penitenciario.
Cuatro años después de haber estado en el penal de Reynosa, Anselmo Martínez trabaja “limpiando jardines” en Tantoyuca, un municipio enclavado en las montañas de la huasteca de Veracruz. Un día cae trabajo, otro puede ser que no y que regrese cabizbajo a casa. Ya no pudo continuar en Tamaulipas, la depresión lo inundaba, veía pasar camionetas con vidrios polarizados y el miedo le invadía el cuerpo; veía gente con pinta de sicarios y entraba en pánico.
Al salir de prisión dejó de cortarse el pelo tipo militar y ahora siempre trae una gorra puesta.
Con la categoría de “empapelado”, nadie le quería dar trabajo. Apenas pudo colarse a una gasolinera en donde también vivía, en Monte Morelos, con un sueldo miserable, pero estaba tranquilo. El rechinar de camionetas de Los Zetas y el ver pasar a gente armada había quedado en el pasado.
Tamaulipas, entidad federativa con 43 municipios y 3.5 millones de habitantes, continúa siendo tierra de nadie, con organizaciones criminales sometiendo ayuntamientos, silenciando medios de comunicación y gobernando en las cárceles, pero también fuera de ellas. Es famosa internacionalmente por la matanza de 73 migrantes en San Fernando y por ser la única entidad federativa en donde ni el Ejército mexicano ni la Secretaría de Marina han podido con las organizaciones criminales.
* * *
Traigo la espalda hecha nudos, con contracturas verticales y horizontales. Me pregunto: “¿Qué carajos hago aquí?”, 365 kilómetros recorridos en un autobús de segunda clase disfrazado de primera, 16 horas de trayecto que tenían que haber sido sólo nueve si a un tráiler que transportaba tubos de acero no se le hubiera ocurrido atravesarse y volcar en los cuatro carriles de la carretera federal 180 destino Pánuco-Coatzacoalcos.
Dimos toda la vuelta a la sierra para engañar a la costera. Atravesamos la Sierra de Misantla y Atzalan, regresamos por congregaciones de Vega de Alatorre y Martínez de la Torre para “esquivar” a un monstruo de 80 toneladas con doble remolque. A mitad del camino, al chofer le dio frío y apagó al aire acondicionado. Yo, sofocado por el calor, siento ganas de mentarle la madre. Un niño –ubicado dos asientos atrás del mío– llora en brazos de su madre por el enclaustramiento, me dan ganas de acompañarlo.
Llego a mi destino de malas. Observo un paisaje triste, camionetas viejas rodando con escapes fallidos soltando fuertes flatulencias de smog, un burro jalando una carretilla con medio centenar de troncos de madera. El semblante del burro luce mejor que el mío. En la caja de la paquetería del autobús cargo mis 25 libros de Los Buscadores y 15 de El Infierno de Javier Duarte, maldigo el momento en que acepté venir a la Feria del Libro Municipal de Tantoyuca.
“¿Será que en sus primeros libros así iniciaron sus presentaciones Villoro, Almazán, Turati, Osorno?”, me pregunto y me auto respondo: “Claro que no, pendejo, sólo a ti se te ocurre”.
Mi anfitrión, Pedro Díaz, me comenta que viene retrasado y me cuestiono si aún estoy a tiempo para devolverme en ese mismo bus y transitar otras 16 horas por el Golfo de México. Declino la idea y me muestro decidido a perder tres días de mi vida en este inframundo de la huasteca veracruzana.
En lo que a mi anfitrión se le ocurre llegar, me asomó a la esquina. Me da la bienvenida un parque viejo, al cual la última capa de pintura fresca le pasó hace una década. Media docena de comerciantes gastronómicos tienen su fondita ahí instalada, huelo a enchiladas rojas, bocoles y carne salada y me descubro sonriendo: “Al menos comeré bien”.
Llega Pedro, irradia alegría, me cuenta que la feria del libro el día anterior fue un éxito, y no contesto pues a veces es mejor guardar silencio que decir “no te creo”. Me lleva directo a comer mariscos: Ostiones muy decentes y una mojarra al mojo de ajo como recién salida del mar, además de dos micheladas Victoria que me devuelven el alma al cuerpo. Me preparó psicológicamente para al día siguiente presentar mis libros ante todo lo contrario e inversamente proporcional a una multitud. Antes de partir a hospedarme y darme un baño, Pedro me advierte del bajo presupuesto que tuvo la feria; el hotelito donde pernocto, con un jaboncito motelero y una toalla que me cubría la cola o la espalda, pero no las dos cosas juntas, comprueban sus dichos.
Avanzó con anticipación hacía el zócalo, donde será el recinto literario ferial, y a lo lejos veo una muchedumbre. Mientras mis pupilas despejan la escena, me sigo cuestionando quién carajo puede comprar un libro en esta región salpicada de carencias. El enjambre humano era un tianguis de ropa usada, las personas que vienen de la parte más alta de la sierra se pelean y disputan las prendas de vestir de segunda mano. El regateo de precios en todo su esplendor.
Más abajo todo es una tensa calma, con ocho estantes de igual número de editoriales. Los vendedores de Porrúa, Planeta y Almadía se distraen en sus teléfonos móviles; sucede todo, menos venta de libros. Al fondo hay una tarima para la presentación de obras, con apenas ocho sillas ocupadas de las 40 dispuestas.
Vuelvo a preguntarme/reprocharme: “¿Qué putas madres vine a hacer aquí?”. Listo para tomar el micrófono, no sin antes ver los esfuerzos de Pedro para que el Conalep y una universidad privada envíen a sus alumnos de Educación y de Leyes a rellenar los espacios vacíos. Concluido el acarreo, presento el libro con más pena que gloria.
Mientras escucho a un grupo de bachilleres de son huasteco muy simpático, un tipo alza su brazo para tocarme con timidez el hombro: “Hola, mi nombre es Anselmo Martínez y quiero contarle mi historia…”.